martes, 16 de junio de 2009

¿Un líder socialista?

¿Es posible ganar al Partido Popular valenciano en unas elecciones? Claro que es posible: siempre que se cambien ciertas cosas; siempre que el Partido Socialista sepa sacudirse el lastre que arrastra. ¿Y cuál es ese fardo? Desde luego, es una organización con gente sensata y muy valiosa, no siempre reconocida; pero también es un partido con cuadros acoplados y rutinarios, con dirigentes previsibles. Una organización ganadora no puede premiar la inoperancia, la repetición, la desconfianza, el puro hábito.
El activismo no es algo antiguo. Es una necesidad en la era mediática. Hay que ocupar los medios, hay que crear la agenda -que dicen los anglosajones-, hay que marcar el orden de lo importante o lo relevante, provocando la atención de la prensa y de las televisiones. Hay que establecer redes verdaderamente influyentes y hay que generar todo tipo de acontecimientos reales y virtuales.
Francisco Camps lleva meses -qué digo meses: lleva años- mostrándose como un mártir del Gobierno de Madrid, como un damnificado de los socialistas: algo así como un valenciano de bien que estaría siendo acosado. Si no puedes ser atractivo, al menos preséntate como un mártir: ésa es su divisa. Con ello, los electores no le faltan: acuden y le apoyan porque ven en él a un crucificado. ¿Que hay presuntas corrupciones? Yo sólo veo a una víctima, dirán.

En cambio, los simpatizantes del Partido Socialista parecen muy dengosos: que si sí, que si no, que los míos me han decepcionado, que no cumplen lo prometido. Los socialistas han de saber vender, cierto. ¿Y su clientela afín? Ha de reconocer que aquellos que le representan son lo que son. Como todos: manifiestamente mejorables, humanos, demasiado humanos. ¿Algo más? Mucho más. Para empezar, hay que convocar un congreso extraordinario (¿por qué no?) que sirva para afianzar o cambiar al líder de la organización. Ha de demostrar ideas y ha de saber transmitirlas.

Hay que apoyar a un candidato o a una candidata que sea políticamente atractivo, que despierte entusiasmo, que pueda generar encanto entre los indiferentes o entre las clases medias. Hay que encontrar a un político que posea el don de la oratoria, alguien que cuente una historia clara, su propia historia y la que el público también quiere escuchar, alguien que persuada.

Hay que apoyar a un candidato al que se le vean la solidez y la honestidad, que sepa reunir, aglutinar; que logre decir lo que hay que decir con gestos precisos, mostrando honradez y picardía: dueño de la palabra exacta. Hay que promover a un líder que tenga nivel intelectual -que no abochorne con ideas banales- pero que a la vez tenga tirón popular, que sepa captar la simpatía de un amplio sector, ese que sin tener inquietudes refinadas ocupa el espacio.

Hay que apoyar a una persona que no dé la imagen de cansancio, de hastío, de repetición. Hay que elegir a alguien que transmita algún tipo de entusiasmo, a alguien que sepa imantar las miradas, provocando también un efecto de sinceridad.

¿Qué pido? ¿Un líder carismático? No: busco un dirigente que esté por encima del sectarismo, capaz de reconocer lo que el rival hace bien para combatir mejor las corrupciones de ese adversario. El partido quedará galvanizado por un líder así. ¿Y la organización rival? Por favor, levanten la vista, no gasten todo su tiempo mirando Canal 9. ¿Y la coyuntura europea? Por favor, echen un vistazo a Norteamérica.
JUSTO SERNA 10/06/2009

http://justoserna.wordpress.com

Ahora es el momento de las soluciones populares


Cibergwenza les ha dejado con el culo al aire.

7-J, ¿vuelve la derecha?

La victoria del PP en las elecciones del 7-J no debería interpretarse como el inicio de una nueva mayoría electoral en España, tal y como clamaba Mayor Oreja desde el balcón de Génova en la noche electoral del pasado domingo. El triunfo popular ha sido claro, pero no lo suficientemente contundente como para sacar conclusiones fiables de qué hubiera pasado en unas elecciones generales.

La verdad es que el domingo los españoles no votaron exactamente como si se tratara de un simulacro de las generales, principalmente debido a que la continuidad del Gobierno no estaba en juego. Por ello, los ciudadanos pudieron dejar los cálculos estratégicos a un lado y “votar con el corazón”, tal y como proponía IU durante la campaña electoral. Por otro lado, los insatisfechos con el Gobierno pudieron efectuar un voto de castigo light: era la ocasión idónea para aquellos que querían mandar una señal de protesta sin que con ello se estuviera contribuyendo a un cambio de Gobierno.

Este patrón diferente a la hora de votar genera que, tanto en España como en el resto de la UE, los partidos grandes y, en especial, los que están en el Gobierno suelan cosechar peores resultados en las elecciones europeas. En nuestro país, el partido que ocupa la Moncloa tiende a perder en este tipo de elecciones una media de 3,3 puntos porcentuales con respecto a las generales más cercanas, una cifra muy similar a la del resto de los países de la UE. La única excepción a esta regularidad tuvo lugar en las europeas de 2004, muy probablemente debido a que se produjeron en plena luna de miel del primer mandato de Zapatero. Los resultados del 7-J suponen una vuelta al patrón de voto habitual desfavorable para el Gobierno que se suele dar en este tipo de comicios.

En esta ocasión, el voto de castigo ha sido generalizado en toda Europa. Todos los jefes de Gobierno de los 15 viejos miembros de la UE han visto cómo sus partidos retrocedían con respecto a sus respectivas elecciones nacionales. El declive electoral de los partidos gobernantes europeos ha sido, de media, de algo más de 8 puntos porcentuales. Se trata, en efecto, de unos resultados que responden al tradicional sesgo antigobierno” de las elecciones europeas. Aún así, la severidad del castigo no deja duda de que la crisis económica también ha representado un factor adverso para todos los gobiernos de la UE.

Ante este contexto tan desfavorable para los partidos gobernantes europeos, el PSOE ha sabido salir especialmente airoso de la situación. En esta ocasión el Gobierno socialista ha visto caer su apoyo electoral en 5 puntos porcentuales. Se trata, sin duda, de un descenso superior a la pérdida media de 3,3 puntos de las anteriores contiendas europeas, pero representa un castigo notablemente inferior al de la mayoría de países de su entorno. Es pues, una derrota asumible para el Gobierno si tenemos en cuenta los pobres resultados de sus homólogos europeos y los devastadores efectos de la crisis económica sobre el empleo en nuestro país.

En realidad, parte del descenso del PSOE con respecto a las generales del año pasado se debe a la desmovilización del electorado en Andalucía y Catalunya, y al importante declive en esta última región, donde el voto socialista ha retrocedido en casi 10 puntos porcentuales. Los socialistas catalanes han sido siempre muy hábiles en captar el voto del miedo cuando el PP amenaza con ganar las elecciones. Es por ello que el PSC ha insistido en estas elecciones europeas en reeditar la exitosa campaña anti-PP que tan buenos resultados le ofreció el año pasado. En esta ocasión el PSC ha intentado atemorizar al electorado catalán llenando las calles de carteles con imágenes de Aznar, Berlusconi e, incluso, del ex presidente Bush. Pero se ha demostrado que en Catalunya la amenaza de un Parlamento Europeo conservador no produce el mismo rechazo que la amenaza de un inquilino popular en la Moncloa. Aunque en esta ocasión el PSC no ha obtenido los frutos deseados, sería un error concluir que una campaña anti-PP también fracasaría en unas hipotéticas elecciones generales en las que se decidiera el Gobierno de la nación.

Por su lado, Izquierda Unida mantiene sus dos eurodiputados y el mismo porcentaje de votos que en las generales de 2008. Esta estabilidad no debería, sin embargo, impedirnos ver el fracaso que dichos resultados suponen para la formación de izquierdas. IU ha dejado pasar la extraordinaria oportunidad que a priori le ofrecían estas elecciones. No sólo el sistema electoral de distrito único reduce los incentivos al voto estratégico en muchas zonas de España, sino que la experiencia en otros países europeos nos demuestra que los partidos minoritarios –ideológicamente más extremos y con posiciones más euroescépticas– suelen ser el refugio favorito del descontento y del abundante voto de protesta en este tipo de comicios. Sin embargo, IU ha sido incapaz de articular una estrategia para atraer el potencial voto de castigo derivado de la crisis económica y de la creciente pérdida de confianza hacia las instituciones europeas en nuestro país. A estas alturas, ya apenas sorprende. La historia de IU es la de las oportunidades perdidas: quizás estemos simplemente ante un capítulo más, pero a muchos nos deja un verdadero sabor a epílogo.

El margen de la victoria del PP no permite valorar el 7-J como la consolidación de una nueva mayoría en España, pero sí puede constituir un cambio de ciclo en la batalla interna del PP. Los resultados del domingo blindan definitivamente a Mariano Rajoy como candidato para las próximas elecciones. Pero, ¿evitará esto que siga habiendo ruido dentro del partido?

Lluís Orriols (politólogo e investigador de la Universidad de Oxford)

GRACIAS A LA CORRUPCIÓN